Llevar meses haciendo velas no es lo mismo que llevar meses teniendo un negocio. En algún momento entre las dos cosas aparece la web — ese momento en el que lo que haces tiene que existir también fuera de tu estudio y de tu Instagram.
La parte técnica es la de menos. Shopify, el tema, los productos, los textos. Se aprende. Lo que cuesta es lo otro: ordenar los pensamientos. Saber qué quieres decir, cómo quieres que te vean, qué es Lento Estudio cuando lo tienes que explicar en una pantalla a alguien que nunca ha tenido una de tus velas en las manos.
He tardado meses. No porque la web sea complicada, sino porque primero tenía que tener claro qué hay dentro. Los productos, sí. Pero también la historia, el tono, el porqué.
El momento que lo cambió todo fue preparar mi primer taller. De repente todo lo que había estado dando vueltas en mi cabeza necesitaba tener un sitio donde vivir. Un lugar al que mandar a la gente. Un lugar que dijera, sin que yo tuviera que explicarlo, qué es esto y por qué importa.
Ahora está casi lista. Y tengo ganas de ver el resultado — no solo la web, sino lo que pasa después. Lo que construyes cuando dejas de tener miedo a que te vean.
Lento, como siempre. Pero avanzando.