No lo planeé. Me contactaron las chicas de Espacio Cama y algo hizo clic. Dije que sí antes de pensarlo demasiado — que es probablemente la mejor forma de decir sí a las cosas.
Ahora estoy en esa fase en la que tienes ganas y estrés a partes iguales. Ganas de verlo pasar, de estar en la sala con gente que quiere aprender a hacer velas desde cero, de compartir algo que para mí empezó siendo terapia y se ha convertido en oficio. Y estrés de que lleguen a tiempo todas las cosas que he comprado, de que nada falle, de que todo esté en su sitio.
Pero hay algo que tengo muy claro: lo más importante del taller no es la vela que te llevas a casa. Es la experiencia mientras la haces. Quiero que quien venga salga habiendo pasado un rato tranquilo, concentrado, con las manos ocupadas y la cabeza en pausa. Que sea lento, literalmente.
Eso es lo que intento proteger por encima de todo — que la prisa no entre en la sala.
El sábado 23 de mayo. Plazas muy limitadas.